Por Ángeles Toledo, directora de innovación y nuevos proyectos en Gallástegui Armella Franquicias.

La gente a veces no sabe distinguir entre innovación y disrupción porque ambas se parecen; todos los disruptores son innovadores pero no viceversa. Hay diferencias fundamentales.

Una disrupción cambia de manera radical la forma en cómo pensamos, nos comportamos, hacemos negocios, aprendemos y realizamos nuestras actividades de día a día. Una disrupción hace obsoleto ya sea un mercado existente, o tecnología y produce algo nuevo, más eficiente y con mayor valor. Es al mismo tiempo destructivo y creativo.

No toda innovación es disruptiva aunque sea revolucionaria. Por ejemplo, los primeros automóviles en el siglo XIX no se consideran disruptivos porque eran un articulo de lujo al que pocos podían acceder, y no desplazaron a los carros tirados por caballos. Fue hasta que Ford en 1908 cambió el mercado con el modelo de bajo precio Ford T.

La innovación disruptiva, generalmente, nace de emprendedores más que en empresas tradicionales porque no es rentable en un inicio y éstas prefieren destinar recursos a la innovación sustentable para seguir compitiendo en los mercados establecidos.

Un proceso disruptivo tarda en desarrollarse y tiene mayor riesgo que la innovación gradual o la innovación evolutiva, pero una vez que se implanta, logra una penetración muy rápida y un alto grado de impacto en los mercados establecidos.

Por otra parte, para innovar se tiene que creer en que para mejorar una situación actual hay que hacer algo diferente. Mas bien, es una actitud de los que creen que el futuro puede ser mejor que el presente.

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